All posts in septiembre 2008

  • Lugar Común

    Máximo Jacoby

    Existen en todas la áreas de la vida. Son inevitables. Están grabados en nuestro ADN social, ese disco duro infinito imposible de penetrar. Los lugares comunes, a veces clichés, son el terror de los intelectuales, los evitamos todo el tiempo. Son nuestro parámetro del no hacer, el miedo a repetirse o la falta de creatividad. Caer en ellos puede convertirse en nuestra última condena.

    Esta exégesis de lo nuevo como único camino posible para el arte, es una fractura que aún no se ha podido reparar. Pero el lugar común, tan denostado, es también una estructura social sólida fundada en la constante reafirmación práctica y cotidiana. Es la mínima expresión de situaciones compartidas por todos. Puntos de identificación, que superan barreras políticas, culturales, económicas, de género, temporales, etc. Por esto se convierte en un Lugar Común.

    Conocí a Luis Ricaurte en el año 2006, cuando realizaba una exhibición en Buenos Aires, en el Cruce de la Artes, un Espacio de arte contemporáneo dentro de un túnel peatonal, literalmente un espacio público, la calle. En esa oportunidad instaló extensas telas junto a proyecciones por todo el túnel, obligando a los espectadores-transeúntes a pisar y atravesar por la obra en un complejo sistema que convirtió al conjunto en un proyecto procesual, en un presente continuo y activo. En un mismo Espacio-Lugar, espectadores de arte junto a los vecinos del barrio, compartían una experiencia.

    Luego me encontré con él para su intervención en el Centro Cultural Recoleta, nuevamente intervino un extraño espacio, la escalera que conecta las salas de la planta baja con la primera planta del edificio, con imágenes recubriendo el piso y escalones.

    En el 2008, finalmente concretamos nuestro maridaje artista-curador, con su individual Profilaxis, dentro del Centro Cultural Ricardo Rojas de la Universidad de Buenos Aires con la participación del curador Jaime Tamayo.

    Al terminar Profilaxis, comprendí ciertas variables del trabajo de Ricaurte con relación a sus anteriores experiencias en Argentina y su propia especificidad humana e intelectual. Es imposible pensar el trabajo de Ricaurte como un corpus de obras gráficas, videos o instalaciones sueltas; dividir su faceta científica, investigativa sobre la aplicación de tecnologías a la práctica artística, como su Lasergrafía o pensar su figura como gestor cultural y docente individualmente. Luis Ricaurte es todo ello, todo el tiempo. Un artista sin profilaxis interna.

    Profilaxis es una serie de trabajos, un concepto que organizó el guión de la muestra, la más visitada del año dentro “del Rojas”. Es una reflexión sobre cuestiones locales relativas a latinoamérica, a las distancias corporales, sociales, sexuales, etc. Es una sensible e inteligente crítica, que pone en jaque los ¿sólidos? preceptos capitalistas, culpables de la polarización social más preocupante y creciente en los últimos años.

    Pero también forma parte de una constante en el trabajo general del artista. La ruptura de la propia profilaxis del medio artístico. La profilaxis se materializa en endogamia, relaciones cerradas relegan el arte a instancias exclusivamente privadas. Ricaurte emprende una cruzada contra la impermeabilidad estética. El mayor peligro que dispara la reflexión de su obra, es la naturalización de la profilaxis y su rigidez. La imposibilidad de revisitar la realidad, las relaciones personales a partir de poéticas diferentes y entablar conversaciones heterogéneas: lingüísticas, visuales, corporales, etc.

    Creemos sentirnos seguros y protegidos al estar recubiertos por esas finas y delgadas capas de profilaxis que nos organiza. Pero por detrás de esta instancia resultamos solos: con nuestros problemas, sentimientos, sensaciones, miedos.

    Esta constante en su ética, explica su trabajo, la elección de técnica sencilla de producción, reproducción y lectura.

  • El Grabado del Bicentenario

    Blanca González Rosas
    Planeado como una acción de arte público capaz de provocar el festejo y la integración ciudadana, El Grabado del Bicentenario resultó un acertado y exitoso proyecto que integró calle, espectadores, artistas, maestros impresores, estudiantes de artes visuales, trabajadores del Sistema de Limpieza del Distrito Federal y Jóvenes del Instituto Nacional de la Juventud (Injuve).
    Diseñado como un proyecto de arte procesual para realizarse en cuatro etapas, el evento sobresalió por su capacidad y osadía para integrar a más de 200 creadores transgeneracionales y multidisciplinares, con diversos estadios en sus trayectorias profesionales y pertenecientes -o vinculados- a diferentes identidades y tribus artísticas. Pluralidad que permitió conjuntar a literatos, pintores, escultores, fotógrafos, videoastas, artistas sonoros, y graffiteros.
    Concebido y producido por el promotor Isaac Masri -director del Centro Cultural Estación Indianilla-, con el apoyo de la coordinación general para los festejos del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución de la Ciudad de México, El Grabado del Bicentenario es una pieza de un kilómetro de longitud, dividida en tres partes, que se imprimió con una aplanadora, el pasado lunes 15 de septiembre, a lo largo del tramo que corre del Museo Nacional de Antropología al Ángel de la Independencia, en el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México.
    La idea de realizar una impresión de este tipo se desarrolló en el contexto de la escena artística de Cuba durante la pasada década de los años ochenta. Interesados en generar propuestas que alteran el sistema artísticos institucional, algunos artistas, como Glexis Novoa y Francisco Lastra, Paquito, se organizaron en grupos -Arte Calle, Provisional- para llevar a cabo acciones plásticas –performances– en espacios galerísticos y en la vía pública.
    En México, en los años noventa, el artista cubano William Carmona le propuso al Museo Carrillo Gil realizar un proyecto de Gráfica Monumental que consistía en estampar placas de diferentes artistas con una aplanadora que correría por la Avenida Revolución. La acción no se llevó a cabo pero quedó en la memoria se Emilio Payán quien, en 1997, la organizó en Coyoacán para apoyar con 160 metros estampados la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas a la jefatura del Gobierno del Distrito Federal. En 2006, en el entorno del plantón promovido por Andrés Manuel López Obrador, Payán y Masri organizaron otra impresión de 60 metros, la cual, por la temática de las piezas, incidió en una solicitud ciudadana de contar los votos presidenciales.
    Con una temática libre sobre el significado de “la independencia” -política, histórica, personal-, la acción artística de El Grabado del Bicentenario se inició en julio pasado, cuando los integrantes del Taller Intaglio en el Centro Cultural Indianilla -Lenin Fajardo, Arturo Guerrero, Francisco Lara, Natalia Cobos y Nallely Manjarrez- simplificaron y optimizaron la técnica de intervención de las placas de unicel. En una segunda etapa, los artistas visuales pintaron -o enviaron la imagen con su propuesta- seis placas de 1m x 1m, que fueron horadadas por estudiantes de artes plásticas de la Esmeralda y de la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM (ENAP).
    Con firmas consagradas, como Leonora Carrington y Manuel Felguérez; reconocidas, como Sauret, Ehrenberg, Germán Venegas, Paloma Torres; en crecimiento, como Fernando Aceves, Fernanda Brunet y Nacho Rodríguez; emergentes, como Daniel Alcalá, Ernesto Alva, Pablo Cotama; y graffiteros, como el colectivo Neza Arte Nel, El Grabado del Bicentenario presenta una vista general de la escena del arte contemporáneo mexicano. Una selección en su mayoría acertada -rescató autores como Flor Minor y Daniel Manrique  de Tepito Arte Acá-, pero también controvertida ya que, bajo el concepto de la integración, también se encuentran presentes Martha Chapa y Carmen Parra.
    En lo que a la temática se refiere, es importante hacer notar que aún cuando la mayoría de los artistas no abordó el tema solicitado, algunos sobresalieron, como Mónica Mayer, quien escribió su rechazo a celebrar guerras, o Mariana Gullco, que escribió la palabra “independencia” con letras provenientes de logotipos de firmas globales. Entre las peores propuestas destaca la mancha de Tatiana Montoya, y entre las actitudes más lamentables, la de Luis Ricuarte, quien envió a su propio impresor para que entintara su pieza.
    Pintadas por los trabajadores de limpia del DF y por jóvenes de las brigadas de recuperación de espacios públicos del Injuve, las placas se imprimieron en una interesante y lúdica acción -tercera etapa-, en la que también participaron camiones de redilas para extender la tela, y bicicletas tamaleras adaptadas para cargar y transportar la pintura.
    Como resultado final, además la próxima exposición del Grabado en el Zócalo capitalino un día no especificado de octubre, el evento que tuvo un costo aproximado de 3 millones de pesos, destaca también por haber generado empleos culturales y recursos económicos para los integrantes, incluyendo artistas y estudiantes de artes visuales.