lugar comun

Lugar Común

Máximo Jacoby

Existen en todas la áreas de la vida. Son inevitables. Están grabados en nuestro ADN social, ese disco duro infinito imposible de penetrar. Los lugares comunes, a veces clichés, son el terror de los intelectuales, los evitamos todo el tiempo. Son nuestro parámetro del no hacer, el miedo a repetirse o la falta de creatividad. Caer en ellos puede convertirse en nuestra última condena.

Esta exégesis de lo nuevo como único camino posible para el arte, es una fractura que aún no se ha podido reparar. Pero el lugar común, tan denostado, es también una estructura social sólida fundada en la constante reafirmación práctica y cotidiana. Es la mínima expresión de situaciones compartidas por todos. Puntos de identificación, que superan barreras políticas, culturales, económicas, de género, temporales, etc. Por esto se convierte en un Lugar Común.

Conocí a Luis Ricaurte en el año 2006, cuando realizaba una exhibición en Buenos Aires, en el Cruce de la Artes, un Espacio de arte contemporáneo dentro de un túnel peatonal, literalmente un espacio público, la calle. En esa oportunidad instaló extensas telas junto a proyecciones por todo el túnel, obligando a los espectadores-transeúntes a pisar y atravesar por la obra en un complejo sistema que convirtió al conjunto en un proyecto procesual, en un presente continuo y activo. En un mismo Espacio-Lugar, espectadores de arte junto a los vecinos del barrio, compartían una experiencia.

Luego me encontré con él para su intervención en el Centro Cultural Recoleta, nuevamente intervino un extraño espacio, la escalera que conecta las salas de la planta baja con la primera planta del edificio, con imágenes recubriendo el piso y escalones.

En el 2008, finalmente concretamos nuestro maridaje artista-curador, con su individual Profilaxis, dentro del Centro Cultural Ricardo Rojas de la Universidad de Buenos Aires con la participación del curador Jaime Tamayo.

Al terminar Profilaxis, comprendí ciertas variables del trabajo de Ricaurte con relación a sus anteriores experiencias en Argentina y su propia especificidad humana e intelectual. Es imposible pensar el trabajo de Ricaurte como un corpus de obras gráficas, videos o instalaciones sueltas; dividir su faceta científica, investigativa sobre la aplicación de tecnologías a la práctica artística, como su Lasergrafía o pensar su figura como gestor cultural y docente individualmente. Luis Ricaurte es todo ello, todo el tiempo. Un artista sin profilaxis interna.

Profilaxis es una serie de trabajos, un concepto que organizó el guión de la muestra, la más visitada del año dentro “del Rojas”. Es una reflexión sobre cuestiones locales relativas a latinoamérica, a las distancias corporales, sociales, sexuales, etc. Es una sensible e inteligente crítica, que pone en jaque los ¿sólidos? preceptos capitalistas, culpables de la polarización social más preocupante y creciente en los últimos años.

Pero también forma parte de una constante en el trabajo general del artista. La ruptura de la propia profilaxis del medio artístico. La profilaxis se materializa en endogamia, relaciones cerradas relegan el arte a instancias exclusivamente privadas. Ricaurte emprende una cruzada contra la impermeabilidad estética. El mayor peligro que dispara la reflexión de su obra, es la naturalización de la profilaxis y su rigidez. La imposibilidad de revisitar la realidad, las relaciones personales a partir de poéticas diferentes y entablar conversaciones heterogéneas: lingüísticas, visuales, corporales, etc.

Creemos sentirnos seguros y protegidos al estar recubiertos por esas finas y delgadas capas de profilaxis que nos organiza. Pero por detrás de esta instancia resultamos solos: con nuestros problemas, sentimientos, sensaciones, miedos.

Esta constante en su ética, explica su trabajo, la elección de técnica sencilla de producción, reproducción y lectura.

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